Que luz tan intensa. Un perfil bastante peculiar. Se le nota
concentrada, cansada. Que intriga. Es tarde, pero sigue ahí, sentada frente a
una hoja en blanco, como todas las noches… Sola como nadie, de vez en cuando
acompañada por una singular pipa. Que chica tan extraña. Nunca la veo salir, pero durante el día sé que no está ahí. Probablemente
sale antes que yo y vuelve mientras yo estoy en el trabajo. Es obvio cuando se
encuentra presente porque el ambiente de la habitación cambia por completo en
cuanto entra. Tiene una presencia imponente, eso se nota a leguas. Bueno, al
menos de una acera a la otra sí resulta evidente.
Pero ella no lo sabe. No tiene idea del abrumador efecto que
causa en las personas. Se nota también que no se preocupa mucho por su
apariencia o nada que tenga que ver con el
aspecto físico; es claro que siempre está pensando en los demás. Lo sé por la
forma en que toma el lápiz, con sumo cuidado, con enorme delicadeza porque sabe
el sacrificio que le implica a la madera liberar al grafito. Si pudiera, no lo
haría. Torturar al lápiz de esa manera, quiero decir. Seguramente preferiría grabar
todo en su cabeza, en parte también para así asegurarse que nadie lo verá. Pero
no puede, la memoria le es demasiado deficiente para eso.
Hoy se le nota distinta. Parece que esperara a alguien, cosa
poco probable a estas horas además de que nunca recibe visitas. De repente levanta
la cabeza y su cuerpo se tensa de manera evidente. Abandona presurosa la silla
y la pierdo de vista durante algunos minutos. Cuando regresa a mi campo visual
veo con sorpresa que no está sola. Un chico alto, moreno y bastante atractivo
la toma de la mano sin mirarla a la cara. Está ensimismado observando sus
dedos, contemplando la complejidad de cada una de sus huellas digitales. Parece
abrumado; me atrevería incluso a decir que está asustado.
Y ella está ahí, de pie. Gradualmente veo como los escudos
empiezan a bajar, su postura cambia del estilo militar al curioso sin igual. De
repente se convierte en una niña traviesa, escrutando la cara del joven,
buscando sus ojos, al inicio con intriga, después con preocupación. Y así se
quedan. Cinco, diez, veinte; treinta y cinco minutos conociéndose. Él ya ha
memorizado cada una de esas líneas, ella cada una sus facciones. Ahora, él ya
sabe todo lo que han hecho esas manos y ella lo que ha visto esa nariz, escuchado
esos ojos, probado esas orejas y olido esos labios. Ambos saben lo que el otro
ha sentido.
En un instante la chispa se enciende. Él levanta la mirada y
al primer contacto ella deja caer las barreras que quedaban. Se acerca
indecentemente al chico y con la mano libre le toma cariñosamente la cara. Toda
la ternura guardada comienza a salir y él se relaja por completo. Todos los
miedos e inseguridades desaparecen y ladea la cabeza hacia esa mano experta. La
toma entre sus brazos y ella termina de derretirse; jamás la hubiera pensado tan
vulnerable como en este momento.
Sus labios se acercan y se tocan con precaución, como si
temieran hacerse daño. Las narices chocan ligeramente y juguetean. Poco a poco,
los besos se vuelven más apasionados, se aprisionan en los brazos del otro y se
funden por completo. Es evidente lo mucho que estorba la ropa en esos momentos.
Perdiendo cualquier clase de compostura, se arrancan las playeras y los
pantalones; la urgencia de seguirse tocando es demasiada.
De repente, parecen darse cuenta de lo lejos que han
llegado. Se alejan unos cuantos centímetros para contemplarse y puedo ver lo
agitados que están. Los labios entreabiertos del chico claramente dicen: te
quiero. Al instante, los ojos de ella se abren por completo y se aleja un poco
más.
-Ese no fue el trato.
-Lo sé, recuerdo bien lo que acordamos, pero no puedo
evitarlo… Sé que tú también sientes algo
más. Me lo dicen tus manos y ellas
nunca mienten.
La extraña chica baja la mirada, derrotada. Un par de
suspiros después, alza la vista y visiblemente consternada susurra:
-Esto no va a terminar bien.
-No tiene por qué terminar-contesta el chico.- ¿Puedo
quedarme esta noche? Quisiera ver el amanecer a tu lado, mañana es mi
cumpleaños.
Sin decir nada más, ella se pone de puntitas y le da un
suave beso los labios, lo toma de la mano y lo guía fuera de mi vista. La luz
se apaga de repente y el gato del vecino comienza a maullar como todas las
noches.
Nunca supe qué pasó con la chica extraña y su aún más
extraño acompañante. Me gusta pensar que lograron huir juntos de aquello que
los acechaba. Debo confesar que he gastado muchas horas pensando en esa noche,
la única, que los vi pasar juntos. En todos mis delirios, es a mí a quien ella acaricia
y besa tiernamente hasta el amanecer. Pero es tiempo de dejarlos descansar, de permitirles
encontrar su propio camino y deshacer los finos lazos que mi memoria ha
entretejido con sus cuerpos.
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