domingo, 6 de octubre de 2013

Delirios de media noche

Que luz tan intensa. Un perfil bastante peculiar. Se le nota concentrada, cansada. Que intriga. Es tarde, pero sigue ahí, sentada frente a una hoja en blanco, como todas las noches… Sola como nadie, de vez en cuando acompañada por una singular pipa. Que chica tan extraña. Nunca la veo salir, pero durante el día sé que no está ahí. Probablemente sale antes que yo y vuelve mientras yo estoy en el trabajo. Es obvio cuando se encuentra presente porque el ambiente de la habitación cambia por completo en cuanto entra. Tiene una presencia imponente, eso se nota a leguas. Bueno, al menos de una acera a la otra sí resulta evidente.

Pero ella no lo sabe. No tiene idea del abrumador efecto que causa en las personas. Se nota también que no se preocupa mucho por su apariencia o nada que tenga  que ver con el aspecto físico; es claro que siempre está pensando en los demás. Lo sé por la forma en que toma el lápiz, con sumo cuidado, con enorme delicadeza porque sabe el sacrificio que le implica a la madera liberar al grafito. Si pudiera, no lo haría. Torturar al lápiz de esa manera, quiero decir. Seguramente preferiría grabar todo en su cabeza, en parte también para así asegurarse que nadie lo verá. Pero no puede, la memoria le es demasiado deficiente para eso.

Hoy se le nota distinta. Parece que esperara a alguien, cosa poco probable a estas horas además de que nunca recibe visitas. De repente levanta la cabeza y su cuerpo se tensa de manera evidente. Abandona presurosa la silla y la pierdo de vista durante algunos minutos. Cuando regresa a mi campo visual veo con sorpresa que no está sola. Un chico alto, moreno y bastante atractivo la toma de la mano sin mirarla a la cara. Está ensimismado observando sus dedos, contemplando la complejidad de cada una de sus huellas digitales. Parece abrumado; me atrevería incluso a decir que está asustado.

Y ella está ahí, de pie. Gradualmente veo como los escudos empiezan a bajar, su postura cambia del estilo militar al curioso sin igual. De repente se convierte en una niña traviesa, escrutando la cara del joven, buscando sus ojos, al inicio con intriga, después con preocupación. Y así se quedan. Cinco, diez, veinte; treinta y cinco minutos conociéndose. Él ya ha memorizado cada una de esas líneas, ella cada una sus facciones. Ahora, él ya sabe todo lo que han hecho esas manos y ella lo que ha visto esa nariz, escuchado esos ojos, probado esas orejas y olido esos labios. Ambos saben lo que el otro ha sentido.

En un instante la chispa se enciende. Él levanta la mirada y al primer contacto ella deja caer las barreras que quedaban. Se acerca indecentemente al chico y con la mano libre le toma cariñosamente la cara. Toda la ternura guardada comienza a salir y él se relaja por completo. Todos los miedos e inseguridades desaparecen y ladea la cabeza hacia esa mano experta. La toma entre sus brazos y ella termina de derretirse; jamás la hubiera pensado tan vulnerable como en este momento.

Sus labios se acercan y se tocan con precaución, como si temieran hacerse daño. Las narices chocan ligeramente y juguetean. Poco a poco, los besos se vuelven más apasionados, se aprisionan en los brazos del otro y se funden por completo. Es evidente lo mucho que estorba la ropa en esos momentos. Perdiendo cualquier clase de compostura, se arrancan las playeras y los pantalones; la urgencia de seguirse tocando es demasiada.

De repente, parecen darse cuenta de lo lejos que han llegado. Se alejan unos cuantos centímetros para contemplarse y puedo ver lo agitados que están. Los labios entreabiertos del chico claramente dicen: te quiero. Al instante, los ojos de ella se abren por completo y se aleja un poco más.

-Ese no fue el trato.

-Lo sé, recuerdo bien lo que acordamos, pero no puedo evitarlo… Sé que tú también sientes algo 
más. Me lo dicen tus manos y ellas nunca mienten.

La extraña chica baja la mirada, derrotada. Un par de suspiros después, alza la vista y visiblemente consternada susurra:

-Esto no va a terminar bien.

-No tiene por qué terminar-contesta el chico.- ¿Puedo quedarme esta noche? Quisiera ver el amanecer a tu lado, mañana es mi cumpleaños.

Sin decir nada más, ella se pone de puntitas y le da un suave beso los labios, lo toma de la mano y lo guía fuera de mi vista. La luz se apaga de repente y el gato del vecino comienza a maullar como todas las noches.


Nunca supe qué pasó con la chica extraña y su aún más extraño acompañante. Me gusta pensar que lograron huir juntos de aquello que los acechaba. Debo confesar que he gastado muchas horas pensando en esa noche, la única, que los vi pasar juntos. En todos mis delirios, es a mí a quien ella acaricia y besa tiernamente hasta el amanecer. Pero es tiempo de dejarlos descansar, de permitirles encontrar su propio camino y deshacer los finos lazos que mi memoria ha entretejido con sus cuerpos.

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