sábado, 5 de octubre de 2013

Carmen

Carmen es y será mi chica favorita. Me encantaban las noches en que llegaba a casa después de un cansado día en la oficina y la encontraba acostada en el sofá de la sala leyendo una nueva historia que me contaría después de hacer el amor. En esos momentos, lo único que usaba eran sus lentes y yo me perdía en su cuerpo desnudo, solía observarla desde la entrada hasta que se daba cuenta de mi presencia. Una vez tardó casi una hora en darse cuenta de que estaba ahí: la lectura la absorbía por completo y ella a mí, así que podríamos haber pasado una eternidad jugando a ese juego.
He de confesar que esas noches me parecían deliciosas no sólo por el hecho de poder contemplarla desnuda sin que se diera cuenta y disfrutar con ella a la distancia de la pasión que sentía por los libros. Después de haber pasado dos o tres horas leyendo, una chispa se encendía dentro de Carmen, la luz de sus ojos brillaba con mayor intensidad y una picardía indescriptible. Después de haber conocido mundos nuevos, Carmen quería descubrir el suyo propio y su cuerpo era el mejor instrumento. Y yo estaba ahí para ayudarla. Las horas que seguían a una buena lectura venían acompañadas de los orgasmos más increíbles que Carmen y yo compartimos. Y como a ella le encantaba leer, esto era algo que sucedía con regularidad.
Si bien Carmen tenía una mente brillante, nunca fue muy buena con las labores manuales de ningún tipo. Un día, tratando de prender el boiler, tuvo un accidente que la dejó sin pestañas, cejas y vista. Cuando llegué al departamento, me extrañé de encontrar al hijo de mi vecina sentado en el sillón que solía ocupar Carmen.
-Lo siento mucho, mi mamá me dijo que esperara a que llegara para avisarle que a la señorita se la llevaron al hospital Santa Cruz. Mi mamá la acompañó en la ambulancia y me dijo que le diera esto.- Me tendió un trozo de papel con un número de celular escrito. Salí sin siquiera darle las gracias al muchacho y en menos de quince minutos ya estaba en el hospital. El doctor me explicó que no había nada que hacer por ella más que llevarla a rehabilitación y servicio social para que la ayudaran a adaptarse a sus nuevas condiciones.
Carmen seguía usando sus lentes aunque ya no los necesitara, decía que era para no perder la costumbre, yo le leía sus libros todas las noches sin importar que tan cansado estuviera y me parecía ver que con cada nueva historia sus ojos recuperaban el brillo, pero estaba equivocado. Lo que yo veía era el reflejo de la luz del foco en su iris y los lentes le daban un aspecto más humano.
Así pasaron muchas semanas. Una noche regresé a casa y faltaba Carmen, sus libros y su desnudez. Triste, ocupe su lugar en el sofá y lloré hasta el cansancio. Sabía que este día llegaría, pero esperaba poder decirle adiós. Carmen nunca superó la etapa de negación, al menos no mientras estuvo conmigo, quizás fue porque yo tampoco pude lidiar con ella. Nunca me ha gustado leer, así que realmente no disfrutaba el leerle todas las noches. Ella lo sabía, y sabía que mientras estuviera conmigo nunca se sentiría plena.

Jamás traté de encontrarla, aunque la extrañé más que a nadie. Sé que ella está mejor sin mí y que la mejor medicina es mi ausencia. Espero que haya encontrado alguien que le cuente historias con la misma pasión que ella me las contaba, alguien con quien pueda descubrirse de la forma en que lo hacía conmigo, alguien a quien no le importe esa mirada vacía…


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