Carmen es y será mi chica favorita. Me encantaban las noches
en que llegaba a casa después de un cansado día en la oficina y la encontraba
acostada en el sofá de la sala leyendo una nueva historia que me contaría después
de hacer el amor. En esos momentos, lo único que usaba eran sus lentes y yo me perdía
en su cuerpo desnudo, solía observarla desde la entrada hasta que se daba
cuenta de mi presencia. Una vez tardó casi una hora en darse cuenta de que
estaba ahí: la lectura la absorbía por completo y ella a mí, así que podríamos
haber pasado una eternidad jugando a ese juego.
He de confesar que esas noches me parecían deliciosas no
sólo por el hecho de poder contemplarla desnuda sin que se diera cuenta y
disfrutar con ella a la distancia de la pasión que sentía por los libros. Después
de haber pasado dos o tres horas leyendo, una chispa se encendía dentro de
Carmen, la luz de sus ojos brillaba con mayor intensidad y una picardía indescriptible.
Después de haber conocido mundos nuevos, Carmen quería descubrir el suyo propio
y su cuerpo era el mejor instrumento. Y yo estaba ahí para ayudarla. Las horas
que seguían a una buena lectura venían acompañadas de los orgasmos más increíbles
que Carmen y yo compartimos. Y como a ella le encantaba leer, esto era algo que
sucedía con regularidad.
Si bien Carmen tenía una mente brillante, nunca fue muy
buena con las labores manuales de ningún tipo. Un día, tratando de prender el
boiler, tuvo un accidente que la dejó sin pestañas, cejas y vista. Cuando llegué
al departamento, me extrañé de encontrar al hijo de mi vecina sentado en el
sillón que solía ocupar Carmen.
-Lo siento mucho, mi mamá me dijo que esperara a que llegara
para avisarle que a la señorita se la llevaron al hospital Santa Cruz. Mi mamá
la acompañó en la ambulancia y me dijo que le diera esto.- Me tendió un trozo
de papel con un número de celular escrito. Salí sin siquiera darle las gracias
al muchacho y en menos de quince minutos ya estaba en el hospital. El doctor me
explicó que no había nada que hacer por ella más que llevarla a rehabilitación
y servicio social para que la ayudaran a adaptarse a sus nuevas condiciones.
Carmen seguía usando sus lentes aunque ya no los necesitara,
decía que era para no perder la costumbre, yo le leía sus libros todas las
noches sin importar que tan cansado estuviera y me parecía ver que con cada
nueva historia sus ojos recuperaban el brillo, pero estaba equivocado. Lo que
yo veía era el reflejo de la luz del foco en su iris y los lentes le daban un
aspecto más humano.
Así pasaron muchas semanas. Una noche regresé a casa y
faltaba Carmen, sus libros y su desnudez. Triste, ocupe su lugar en el sofá y
lloré hasta el cansancio. Sabía que este día llegaría, pero esperaba poder
decirle adiós. Carmen nunca superó la etapa de negación, al menos no mientras
estuvo conmigo, quizás fue porque yo tampoco pude lidiar con ella. Nunca me ha
gustado leer, así que realmente no disfrutaba el leerle todas las noches. Ella lo
sabía, y sabía que mientras estuviera conmigo nunca se sentiría plena.
Jamás traté de encontrarla, aunque la extrañé más que a
nadie. Sé que ella está mejor sin mí y que la mejor medicina es mi ausencia. Espero
que haya encontrado alguien que le cuente historias con la misma pasión que
ella me las contaba, alguien con quien pueda descubrirse de la forma en que lo
hacía conmigo, alguien a quien no le importe esa mirada vacía…

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