Consternada, Itsi no podía creer
lo que veía. Unos grandes ojos cafés, clarísimos y enmarcados por unas pestañas
larguísimas, transmitían una pureza inagotable. Un poco más arriba, unas
pobladas y bien definidas cejas los cobijaban. La frente ancha y limpia, un
claro espejo de la brillante mente que contenía. Los pómulos bien marcados y la
nariz torcida, le daban un aspecto ligeramente rudo, sin embargo, su boca
suavizaba por completo el paisaje.
El rostro sin expresión de la
chica que le devolvía la mirada la intrigaba por completo. Sentía conocer todas
sus expresiones a pesar de que no había movido un solo músculo en todo el
tiempo que llevaba contemplándola. Qué hermosa es, pensó mientras recorría con
sus dedos el contorno de sus labios. Quisiera parecerme un poco a ella, se le
ve tan determinada y segura.
De pronto, se dio cuenta del frío
que sentía. Había comenzado en las manos, en esa mano con que había tocado a la
misteriosa chica. Qué sucede, se preguntó mientras los ojos de la extraña
comenzaban a opacarse. Sintió una presión extraña sobre su pecho y comenzó a
toser. Abrió la boca en un vano intento por tomar un poco de aire; sintió sus
pulmones llenarse y en ese mismo instante supo que algo andaba mal: seguía sin
poder respirar. Se llevó las manos a la
garganta y vio cómo la chica frente a ella hacía lo mismo. Una expresión de
pánico apareció en su rostro; los ojos bien abiertos y la frente arrugada.
Trataba de decirle algo pero no logró descifrarlo.
A la mañana siguiente,
encontraron un automóvil que se había volcado al río. La corriente lo había
arrastrado casi un kilómetro. La chica estaba desesperada y debió sufrir
bastante, dijeron los policías, las marcas de sus dedos alrededor del cuello
aún son visibles; qué lástima que la manija se atorara, de haber estado en buenas
condiciones probablemente podría haber salido, fue el dictamen final.
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