-Mira, Pepe, que es importante que aprendas las tablas de multiplicar
y a escribir bien.
-No entiendo, abuelo, por qué debo aprender todas esas cosas tan
aburridas. ¿Es que tú ya no recuerdas lo aburrido que era ir a la escuela y
estar sentado tanto tiempo sin hacer nada más que ver al pizarrón?
La verdad es que el abuelo no recordaba cómo era ir a la escuela
porque nunca tuvo la oportunidad de hacerlo. Desde que tenía cinco años, su
papá lo llevó al campo y le enseñó todo lo que un hombre tenía que saber sobre
la tierra y su cuidado. La Tierra, el azadón y la merced del viento fueron sus
mejores maestros. Creció y logró mejorar las técnicas aprendidas; lograba las
cosechas más abundantes de Rancho Escondido y todos envidiaban los enormes
elotes que obtenía.
-No seas malagradecido y ponte a estudiar- fue su única respuesta.
Gruñendo, Pepe se sentó en la mesa bajo la mirada vigilante del abuelo
y comenzó con las labores que la maestra Martita les había asignado varios días
atrás. Pepe era un niño de ocho años, y como todo niño de ocho años, sólo
pensaba en salir a jugar con sus vecinos, correr detrás de un balón hasta que
los pies no le dieran para más y regresar a la hora de la cena para tomar una
deliciosa tasa de chocolate. Pero no esta tarde; ese día sólo habría tiempo
para resolver las veinte multiplicaciones y hacer las cinco planas en letra
cursiva. Y más le valía que las hiciera bien, la maestra Martita no era ningún
pan de Dios.
El futuro no es
Una página en blanco
Es una fé
De erratas
-Abuelo, ¿qué es una fé de erratas?-preguntó curioso Pepe al terminar
el primer párrafo que debía copiar.
-Cuando un libro tiene errores, se publica después una versión
corregida y a eso se le llama fé de erratas.
De vez en cuando es
bueno
Ser consciente
De que hoy
De que ahora
Estamos fabricando
Las nostalgias
Que descongelarán
Algún futuro.
-No entiendo por qué la maestra nos hace copiar esto ¡cinco veces! No
entiendo nada. Quiero salir, hoy teníamos una cascarita con los de la
Cuauhtémoc y me la voy a perder por culpa de esta aburrida tarea.
-Si no hubieras dejado que se acumulara tanto trabajo, seguramente
habrías terminado pronto y podrías salir a jugar.
Hay
Ayeres
Y mañanas
Pero no hay
Hoyes.*
Al día siguiente, Pepe tampoco pudo salir a jugar. Pasó la tarde y la
noche en una sala que parecía en llamas, frente a una caja enorme, acompañado
de su familia y una enorme tristeza que no alcanzaba a comprender del todo.
Hubo, sin embargo, una cosa que comprendió y recordó el resto de su vida: los
momentos valiosos duran muy poco, a veces tan poquito que da mucho trabajo
recordarlos, pero mañana tendremos la oportunidad de intentar de nuevo.
*Poema original: Conjugaciones,Mario Benedetti.
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