Era la primera vez que
viajaba sola a la Gran Ciudad y francamente, me encontraba aterrada. Había
visto cosas extrañísimas y todavía ni siquiera llegaba a la parada del camión
que me llevaría a casa de mi amiga. El autobús en el que viajé iba lleno y el
pasajero que más me llamó la atención estaba sentado detrás de mí. Como acompañante
tenía una guitarra para la que asumo, había comprado el boleto. En temporada
alta es difícil que un asiento se quede vacío, además, la veía con tanta devoción
que hubiera jurado era el amor de su vida. Probablemente lo era. Durante las
cuatro horas de viaje estuvo acariciándola y cuando uno de los pasajeros la
rozó en su camino al baño, casi le da un infarto. Si las miradas mataran, ese
pobre señor ya no estaría con nosotros.
Si bien el trayecto en
el autobús fue tranquilo, salir de la terminal fue una odisea. Había gente por
todos lados, parecía que regalaban algo. Lo peor no era eso, cada persona
llevaba por lo menos una maleta, bolsa o caja del doble de su tamaño con la que
te golpeaban al pasar o que dejaban en el piso, haciendo que caminar sin
tropezar fuera una labor titánica. Como pude, dejé atrás la abarrotada
estación, esperando despejarme y respirar un poco de aire fresco pero lo único
que entró a mis pulmones fue contaminación. Enseguida comenzaron a llorarme los
ojos y cuando me vi en la ventanilla de boletos del metro parecía que ya
llevaba tres churros. Quizá debí haber fumado uno antes de salir para aligerar
el viaje, pensé mientras la mal encarada señorita me aventaba el boleto y el
cambio.
Me alejé un poco de la
ventanilla y comencé a ver los letreros que me rodeaban. Saqué mi práctico
lapicero con líneas de colores y traté de encontrar la estación en la que
estaba para saber a dónde tenía que dirigirme. Siempre me ha gustado viajar en
metro, es una manera rápida y eficiente de llegar, el único problema es mi
pésimo sentido de la orientación y la falta de sentido común. Como pude, llegué
al vagón y espere paciente (y acalorada) a que arribara. Gracias a dios no era
hora pico y hasta alcancé lugar para sentarme. Iba distraída, tratando de
descifrar qué significaban los dibujos en cada una de las estaciones cuando
sentí que alguien me observaba. Disimuladamente voltee a mi alrededor y vi de
reojo un tipo que no apartaba la vista de mí. Molesta, cambie de posición y
comencé a observar al resto de los pasajeros; nadie parecía darse cuenta de la
inquietante mirada del susodicho y de lo acosada que me sentía. Entre más se
acercaba el vagón a mi destino, me sentía más y más agobiada. ¿Qué haría el
tipo cuando me bajara? ¿Me seguiría para robar mi bolso o la mochila? ¿Me
amenazaría para que me fuera con él y después me violaría? Mil preguntas me
atormentaban y no sabía qué hacer, estaba sola en ese mar de gente y el tipo no
dejaba de verme.
Decidí que no podía
seguir en el vagón, corría el riesgo de que conforme este avanzara se fuera
vaciando y me quedara sola con el tipo. Lo mejor sería bajar pronto, encontrar
un policía, explicarle la situación y llamar a mi amiga: ¿Lucía? Estoy en la
estación del metro Indios Verdes, ¿puedes venir a recogerme? Un tipo está
siguiéndome y no quiero moverme sola. Ya me imaginaba los reclamos por no
haberle avisado que llegaba antes y su clásico “te lo dije”. Después de
regañarme por mis descuidos de pueblerina, seguramente Lucía enviaría a su
hermano por mí y lograría llegar sana y salva.
Cuando estábamos a
punto de parar en Indios Verdes, me armé de valor y me levanté. Mientras me
acercaba a la salida del vagón, trataba de ver si el tipo también se había
levantado, pero no lograba distinguirlo de los demás. Bajé lo más rápido que
pude y caminé sin vacilar, aunque realmente no sabía a dónde me dirigía.
Frenética, buscaba un guardia cuando caí en cuenta de que nunca había visto un
guardia adentro de la estación. Maldije por mi estupidez y comencé a buscar al
tipo. Me detuve varias veces antes de salir para asegurarme de que no me
seguía.
Cuando por fin estuve
convencida de que la única que me acompañaba era mi sombra, salí a la calle. De
inmediato me invadió el pánico porque ya se había hecho de noche y con todo el
susto del tipo no recordaba las indicaciones que me habían dado para llegar al
departamento. Me detuve y respire hondo, como en mis clases de yoga y comencé a
recordar. Tenía que tomar el camión que dijera Real San Ángel, frente a la
Comercial Mexicana. Busqué el letrero anaranjado y rápidamente localicé el
camión.
Tomé el asiento del
pasillo, justo a la mitad y traté de tranquilizarme. El tipo no estaba cerca y
el señor frente a mi llevaba en un gato en una caja. Alcanzaba a escuchar su
ronroneo que, extrañamente, ayudó a mis alterados nervios. El susto dio paso al
sueño y al primer cabezazo me pellizqué en el brazo para no dormirme por
completo. Una eternidad de semáforos y calles después, vi el letrero de Yaks y
de Sam’s Club. No pude evitar sonreír: la odisea estaba a punto de terminar.
Beeep. El camión se
detuvo y me dispuse a bajar. Ya estaba en el último escalón cuando una señora
bastante llenita que parecía tener más prisa que yo por llegar, me empujó e
hizo que se me cayera la mochila. El camionero arrancó como si nada mientras yo
vi volar el único suéter que llevaba.
-Mierda.
La expresión no fue
sólo por ver la prenda blanca teñirse de café al caer en un charco. ¿Cuáles son
las probabilidades de toparte con un paisano en ese mar de ocho millones de
personas? No tan bajas, diría mi papá, quien dice encontrar al menos a un
conocido en el aeropuerto internacional Benito Juárez cada vez que viaja. Pero en
una calle cualquiera de la delegación Gustavo A. Madero, las probabilidades son
de una en ocho millones. Él también me reconoció de inmediato y reaccionó más
rápido que yo, recogiendo mi suéter y llevándome a mí y a mi maleta seguras a
la banqueta.
-Qué manera tan
interesante de terminar el día.-dijo felizmente atontando.
-Y de empezar mi
viaje.-contesté con una media sonrisa.
No llegue a ver a
Lucía hasta dos días después en su ceremonia de graduación. Salí de mi casa
antes, con la intención de sorprenderla, pero la sorprendida fui yo. El destino
me alcanzó con varias horas de viaje encima, una mochila rota y un suéter sucio.
Afortunadamente, a mi primer beso no le importó nada de eso y tuvimos un
reencuentro en el que hubo de todo.
Ahora me siento un
poco culpable, pues no llegue a compartir tanto como quería con mi amiga, pero
estuve en el momento más importante de su carrera, así que de algo debe contar. Nunca le dije que me encontré con Dante en esa calle cualquiera y que nos
perdimos durante dos días en su departamento porque tuve miedo de cómo fuera a
reaccionar: Lucía sabe mejor que nadie lo mucho que me dolió perderlo y su
preocupación y reproche hubieran sido por el miedo a verme lastimada de nuevo. Debo
admitir que yo también temí sentir de nuevo el corazón roto, pero a veces, uno
tiene que hacer caso de las señales que llegan y aprovechar las oportunidades cuando
se presentan. Agradezco haber recordado a García Márquez en ese momento y decirle que sí, porque si le hubiera dicho que no, me iba a arrepentir el resto de mi vida.

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