Pasillos silenciosos. Plaf, plaf,
plaf. El sonido de mis pies contra la duela parece ser el único acompañante.
Ventanales sin cortinas, estantes enormes. Camino sin rumbo, sin saber cuándo
detenerme. Después de mucho divagar, comienzo a recordar el acomodo de los
libros. Mis manos frías recorren los lomos de colores y sienten el relieve de
las letras. Ana Karenina, Drácula, La insoportable levedad del ser. Tomo uno al
azar y me siento en un cómodo sofá de espaldas a la tenue luz de la mañana. En
la rugosa portada con letras doradas reza Crónicas
de una muerte anunciada.
Antes de comenzar, hojeo el libro
y olfateo las páginas, el inconfundible olor me embriaga. Vuelvo al inicio y comienzo
la lectura; pasan las hojas más no el tiempo. Me entero de historias dentro de
más historias, los personajes que se vuelven reales y los escenarios
también. De pronto, las letras comienzan
a verse borrosas, creo que mis ojos están cansados. Un momento después, comienzan
a perderse en las páginas. Me doy cuenta que el sol ya está en su cuna y que es
la falta de luz la que no me permite seguir leyendo.
Resignada y un poco molesta,
abandono la comodidad del sillón y me dirijo al estante donde cogí el libro.
Con muchas dificultades encuentro el hueco donde se refugiaba esa mañana y
teniendo cuidado de que no se doblen las pastas lo coloco entre Cien años de
soledad y Del amor y otros demonios. Se me escapa un suspiro y por un instante
siento lástima: pobre Santiago Nazar.
La oscuridad es casi total y
apenas distingo los anaqueles. Plaf, plaf, plaf. Mis pies conocen perfectamente
el camino y me llevan segura hacia la salida. Mi cabeza seguía en la hacienda el
Divino Rostro y en esa fatídica y soleada mañana -¿o había sido nublada?-,
cuando sentí su presencia. Qué extraño, nunca me he encontrado con nadie aquí,
es una de las razones por las que vengo a la biblioteca, pensé mientras
desaceleraba el paso. En estos días saturados de información virtual la gente
ha cambiado la irrealidad de los mundos creados en los libros por la que les
brindan sus aparatos electrónicos.
Me detuve y escuché atentamente.
Sí, una respiración. Contuve la mía para no confundirme. Después de una
eternidad, nada. Avancé un poco más y al no percibir ningún sonido decidí que
había sido una mala jugada de mi cerebro. Comencé a caminar de nuevo, a paso
rápido como siempre y de pronto di de bruces con lo que pareció ser un ropero.
El impacto me hizo trastabillar y retroceder unos pasos. Por la sorpresa y mi
torpeza, se enredaron los pies y caí de sentón, golpeándome además la cabeza
con el estante a mi derecha. Gritos y libros cayendo, creo que nunca había
habido tanto alboroto en ese lugar.
-Lo siento mucho- dijo una voz
grave mientras yo me sobaba la cabeza y trataba de reponerme de la caída- no
creí que hubiera alguien más a estas horas.- Me tendió una mano y me ayudó a
levantarme.- Toma, creo que esto es tuyo.
Cogí mi mochila, la colgué en mi
espalda y continué sobándome, esta vez mi adolorido trasero.
-No importa. –Contesté molesta.- Mejor
vámonos antes de que el guardia venga a ver porque tanto arguende y nos ponga a
acomodar los libros.
Caminamos juntos hacia la salida
y bajo la tenue luz de la calle nos dirigimos una media sonrisa algo forzada.
-Me llamo Octavio. Espero verte
pronto de nuevo.
Octavio cruzó la calle, torció a
la izquierda en cuanto pudo y yo tomé mi camino habitual en sentido contrario
para tomar la combi. Comenzaba a lloviznar cuando llegué a la parada. Casi
enseguida pasó la ruta esperada y me subí. Para variar, iba atestada de gente y
el chofer conducía como si lo fuera persiguiendo el diablo. Un chico nada feo
me cedió su lugar. Un poco más tranquila, comencé, sin éxito, a buscar en mi
mochila la cartera. El celular, tampoco. Ya se me hacía raro que mi mamá no
hubiera llamado. Frustrada, intenté hacer memoria de cuándo había sido la
última vez que había visto la mentada cartera y el dichoso celular, estaba
segura de haberlos metido antes de salir de casa e incluso haber contestado un mensaje
de mi hermana esa tarde.
-Yo también espero verte pronto
Octavio, maldito ladrón. –Pensé mientras me hacía la loca cuando el chofer
volteaba a ver por el retrovisor hacia donde estaba sentada esperando que
pagara.
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