Las gotas de agua forraban el envase transparente y se deslizaban
hacia la mesa, distorsionando en su camino el líquido amarillo contenido a sólo
unos milímetros de distancia. De cuando en cuando una mano las quitaba de su
sitio para beber la fría cerveza. Eran las once de la noche y dos chicas se
tambaleaban peligrosamente en las sillas de madera. La música ensordecía hasta
a los muertos y el animador no dejaba de recordar que era el último sábado del
2013.
Cada una se encontraba dando un plácido paseo en sus sueños,
demasiado borrachas para interactuar la una con la otra. De cuando en cuando se
sonreían y trataban de intercambiar alguna palabra por encima del ruido. A su
alrededor, la gente bailaba y gritaba extasiada, intentando ganar la botella
que el bar ofrecía como cortesía por su preferencia. Detrás, tres chicos bebían
cubas transparentes e interactuaban con personas virtuales.
Una de las chicas se levantó y comenzó a bailar como
botarga. Torpemente daba vueltas y se reía. De pronto pareció recordar que
tenía que orinar y se dirigió al baño. Los chicos la notaron y también a su amiga.
Mientras las parejas bailaban al ritmo rumbero, ellos se lanzaban miradas
pícaras mientras señalaban a la chica solitaria.
Una eternidad después, la más perdida regresó y siguió
bebiendo de pie, demasiado desorientada para encontrar la silla. El menos
atractivo de los tres chicos se acercó a ella y comenzaron a bailar. Platicaban
y ella insistía a su amiga para que bailara con otro de los chicos que esperaba
al pie, ansiando su pedazo de carne. La amiga terminó cediendo y dejó su silla.
Con cada vuelta, el chico no-atractivo disminuía la
distancia entre él y la chica más-ebria-que-la-otra. Una cosa llevó a la otra y
en la plática también, tan así que terminaron hablando de abdominales firmes. Esa
es la única razón para que ella comenzara a levantarse la blusa. Mientras la
ropa parecía perder terreno y la música ganar intensidad, las caricias también
subieron de tono. Sin importarle quién se diera cuenta, siempre y cuando no
fuera la propietaria, él subía la mano hacia los senos más cercanos.
En un destello de cordura, la amiga-más-sobria-que-la-otra
pidió la cuenta y de buenas a primeras, ambas abandonaron el lugar. Sorprendidos
pero no abatidos, los chicos comenzaron a buscar a la siguiente víctima.
Esta historia aconteció en un bar con nombre y apellido, pero
estoy segura que se repite frecuentemente. Más de lo que debería.

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