Para Ana
Un paisaje surrealista acontecía esa noche. De más está
decir que era calurosa, pues en ese lugar nadie conoce el frío. La Luna se había alzado en todo su esplendor momentos antes y ahora brillaba inmensa, sin nada que la opacara. Dos chicas
esperaban el camión acompañadas de mochilas casi tan grandes como ellas y
definitivamente más pesadas. Una frente a la otra, sostenían un manojo de cartas
y entre risas y suspiros una ganaba y la otra perdía. De vez en cuando, algún
lugareño pasaba y hacía algún comentario con respecto al juego, les dirigía una
sonrisa o una mirada confusa. Los zancudos las acechaban, volaban cerca,
esperando que el aroma a citronela se diluyera.
Las luces que se detenían a escasos metros y que casi
siempre venían acompañadas prometían regresarlas al lugar del que habían
escapado, decepcionándolas minuto a minuto. Por fin, un par se detuvo: una
furgoneta del color de la noche de la cual bajaron ocho trabajadores con sendas
mochilas. Después de un arduo día de trabajo en la construcción, se aplastaron
en la banca que quedaba libre, frente a las chicas. Detrás de ellos, en la
tienda de discos y lentes piratas, los beeps de la música electrónica acompañaban
a las letras en portugués. Combinaciones así no se ven todos los días.
Los trabajadores comenzaron a hablar sobre los
acontecimientos más significativos del día: qué si fulanito había llegado tarde
o que si el patrón lo había regañado para pasar a temas más relevantes como las
posadas del pueblo y el baile de la siguiente semana. Las chicas, por su lado,
continuaban inmersas en el juego, o al menos eso hacían parecer. En realidad no
les quitaban un ojo de encima a los hombres y a sus cosas, nerviosas de que el
camión no apareciera y la testosterona se hubiera hecho presente. Esperaban
febrilmente que al chico de la tienda no se le ocurriera cerrar pronto.
En vano tanta preocupación, pues llegó primero el transporte
de los trabajadores. El alivio de verlos partir dejó lugar a la frustración de
haber llegado antes que ellos y seguir en la dura banca rodeada de bichos
ansiosos de su sangre.
Resulta inconcebible esperar algo en un lugar donde el
tiempo parece no transcurrir. Con el sonido del mar y la brisa en la cara,
nadie tiene nada de qué preocuparse, a menos que sea época de huracanes. Al
menos esas dos chicas, que sólo estaban ahí por sentir la arena bajo los pies y
ver el sol perderse en el agua, comenzaban a entender la tan ampliamente citada
relatividad del tiempo y el espacio.

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