Las gotas por fin lograron desprenderse del cielo y caen
acompasadamente en cada una de las ventanas de la casa. El techo de lámina
repiquetea estrepitosamente y las mascotas han corrido a refugiarse en sus
respectivas casas. Después de un día de bochorno y calor, el agua promete
refrescar las almas.
Los planes con los que inicie el 2014 parecen lejanos y
hechos por un extraño. Y es que lo son. De entrada sigo sin titularme, aunque
ya no falta mucho. Hace seis meses solo pensaba en escribir y dedicar mi vida
narrar el mundo. Ahora, con el examen recepcional a solo diez días de
distancia, la vida parece otra. Infinita, inquietante, incierta. Maravillosa.
Más emocionante, aventurera. Por segundos pienso que debería
estar asustada, preocupada por lo que viene, por no tener un trabajo y estar a
punto de entrar al mundo de los adultos. Pero no. La emoción carcome cualquier
otro sentimiento y la personita atrapada en la morena piel bailotea sin parar. Eso
debe ser lo que me mantiene agotada.
¿Entrar al mundo de los adultos? Jamás. Quiero mi propio
mundo, uno donde pueda basar mis relaciones en cimientos diferentes a los que
heredé, donde pueda amar a mi manera y a quien yo decida. Hacer lo que quiera
en donde quiera sin sentirme culpable. Donde los bancos y sus respectivos
banqueros serán la última opción y si el teléfono se descompone, nada pasa.
El granizo ha comenzado a golpear los vidrios y los truenos
amenazan con cortar la luz en cualquier momento. La lluvia cae sobre la ciudad
y limpia los corazones de los que la escuchan.
Fotografía: Eréndira Vallarta


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