lunes, 30 de diciembre de 2013

Las gotas de agua forraban el envase transparente y se deslizaban hacia la mesa, distorsionando en su camino el líquido amarillo contenido a sólo unos milímetros de distancia. De cuando en cuando una mano las quitaba de su sitio para beber la fría cerveza. Eran las once de la noche y dos chicas se tambaleaban peligrosamente en las sillas de madera. La música ensordecía hasta a los muertos y el animador no dejaba de recordar que era el último sábado del 2013.
Cada una se encontraba dando un plácido paseo en sus sueños, demasiado borrachas para interactuar la una con la otra. De cuando en cuando se sonreían y trataban de intercambiar alguna palabra por encima del ruido. A su alrededor, la gente bailaba y gritaba extasiada, intentando ganar la botella que el bar ofrecía como cortesía por su preferencia. Detrás, tres chicos bebían cubas transparentes e interactuaban con personas virtuales.

Una de las chicas se levantó y comenzó a bailar como botarga. Torpemente daba vueltas y se reía. De pronto pareció recordar que tenía que orinar y se dirigió al baño. Los chicos la notaron y también a su amiga. Mientras las parejas bailaban al ritmo rumbero, ellos se lanzaban miradas pícaras mientras señalaban a la chica solitaria.

Una eternidad después, la más perdida regresó y siguió bebiendo de pie, demasiado desorientada para encontrar la silla. El menos atractivo de los tres chicos se acercó a ella y comenzaron a bailar. Platicaban y ella insistía a su amiga para que bailara con otro de los chicos que esperaba al pie, ansiando su pedazo de carne. La amiga terminó cediendo y dejó su silla.

Con cada vuelta, el chico no-atractivo disminuía la distancia entre él y la chica más-ebria-que-la-otra. Una cosa llevó a la otra y en la plática también, tan así que terminaron hablando de abdominales firmes. Esa es la única razón para que ella comenzara a levantarse la blusa. Mientras la ropa parecía perder terreno y la música ganar intensidad, las caricias también subieron de tono. Sin importarle quién se diera cuenta, siempre y cuando no fuera la propietaria, él subía la mano hacia los senos más cercanos.

En un destello de cordura, la amiga-más-sobria-que-la-otra pidió la cuenta y de buenas a primeras, ambas abandonaron el lugar. Sorprendidos pero no abatidos, los chicos comenzaron a buscar a la siguiente víctima.


Esta historia aconteció en un bar con nombre y apellido, pero estoy segura que se repite frecuentemente. Más de lo que debería.


viernes, 27 de diciembre de 2013

Noches irreales

Para Ana

Un paisaje surrealista acontecía esa noche. De más está decir que era calurosa, pues en ese lugar nadie conoce el frío. La Luna se había alzado en todo su esplendor momentos antes y ahora brillaba inmensa, sin nada que la opacara. Dos chicas esperaban el camión acompañadas de mochilas casi tan grandes como ellas y definitivamente más pesadas. Una frente a la otra, sostenían un manojo de cartas y entre risas y suspiros una ganaba y la otra perdía. De vez en cuando, algún lugareño pasaba y hacía algún comentario con respecto al juego, les dirigía una sonrisa o una mirada confusa. Los zancudos las acechaban, volaban cerca, esperando que el aroma a citronela se diluyera.

Las luces que se detenían a escasos metros y que casi siempre venían acompañadas prometían regresarlas al lugar del que habían escapado, decepcionándolas minuto a minuto. Por fin, un par se detuvo: una furgoneta del color de la noche de la cual bajaron ocho trabajadores con sendas mochilas. Después de un arduo día de trabajo en la construcción, se aplastaron en la banca que quedaba libre, frente a las chicas. Detrás de ellos, en la tienda de discos y lentes piratas, los beeps de la música electrónica acompañaban a las letras en portugués. Combinaciones así no se ven todos los días.

Los trabajadores comenzaron a hablar sobre los acontecimientos más significativos del día: qué si fulanito había llegado tarde o que si el patrón lo había regañado para pasar a temas más relevantes como las posadas del pueblo y el baile de la siguiente semana. Las chicas, por su lado, continuaban inmersas en el juego, o al menos eso hacían parecer. En realidad no les quitaban un ojo de encima a los hombres y a sus cosas, nerviosas de que el camión no apareciera y la testosterona se hubiera hecho presente. Esperaban febrilmente que al chico de la tienda no se le ocurriera cerrar pronto.
En vano tanta preocupación, pues llegó primero el transporte de los trabajadores. El alivio de verlos partir dejó lugar a la frustración de haber llegado antes que ellos y seguir en la dura banca rodeada de bichos ansiosos de su sangre.

Resulta inconcebible esperar algo en un lugar donde el tiempo parece no transcurrir. Con el sonido del mar y la brisa en la cara, nadie tiene nada de qué preocuparse, a menos que sea época de huracanes. Al menos esas dos chicas, que sólo estaban ahí por sentir la arena bajo los pies y ver el sol perderse en el agua, comenzaban a entender la tan ampliamente citada relatividad del tiempo y el espacio.

Finalmente, las luces del camión se hicieron presentes. Casi brincan de alegría al verlas llegar, llevaban esperando más de dos horas por ellas. En cuanto las maletas estuvieron en su lugar y protegidas de los zancudos, comenzaron a extrañar la surrealidad del paisaje. Quién sabe si volverán.


lunes, 9 de diciembre de 2013

Una cosa lleva a la otra

Pasillos silenciosos. Plaf, plaf, plaf. El sonido de mis pies contra la duela parece ser el único acompañante. Ventanales sin cortinas, estantes enormes. Camino sin rumbo, sin saber cuándo detenerme. Después de mucho divagar, comienzo a recordar el acomodo de los libros. Mis manos frías recorren los lomos de colores y sienten el relieve de las letras. Ana Karenina, Drácula, La insoportable levedad del ser. Tomo uno al azar y me siento en un cómodo sofá de espaldas a la tenue luz de la mañana. En la rugosa portada con letras doradas reza Crónicas de una muerte anunciada.
Antes de comenzar, hojeo el libro y olfateo las páginas, el inconfundible olor me embriaga. Vuelvo al inicio y comienzo la lectura; pasan las hojas más no el tiempo. Me entero de historias dentro de más historias, los personajes que se vuelven reales y los escenarios también.  De pronto, las letras comienzan a verse borrosas, creo que mis ojos están cansados. Un momento después, comienzan a perderse en las páginas. Me doy cuenta que el sol ya está en su cuna y que es la falta de luz la que no me permite seguir leyendo.
Resignada y un poco molesta, abandono la comodidad del sillón y me dirijo al estante donde cogí el libro. Con muchas dificultades encuentro el hueco donde se refugiaba esa mañana y teniendo cuidado de que no se doblen las pastas lo coloco entre Cien años de soledad y Del amor y otros demonios. Se me escapa un suspiro y por un instante siento lástima: pobre Santiago Nazar.
La oscuridad es casi total y apenas distingo los anaqueles. Plaf, plaf, plaf. Mis pies conocen perfectamente el camino y me llevan segura hacia la salida. Mi cabeza seguía en la hacienda el Divino Rostro y en esa fatídica y soleada mañana -¿o había sido nublada?-, cuando sentí su presencia. Qué extraño, nunca me he encontrado con nadie aquí, es una de las razones por las que vengo a la biblioteca, pensé mientras desaceleraba el paso. En estos días saturados de información virtual la gente ha cambiado la irrealidad de los mundos creados en los libros por la que les brindan sus aparatos electrónicos.
Me detuve y escuché atentamente. Sí, una respiración. Contuve la mía para no confundirme. Después de una eternidad, nada. Avancé un poco más y al no percibir ningún sonido decidí que había sido una mala jugada de mi cerebro. Comencé a caminar de nuevo, a paso rápido como siempre y de pronto di de bruces con lo que pareció ser un ropero. El impacto me hizo trastabillar y retroceder unos pasos. Por la sorpresa y mi torpeza, se enredaron los pies y caí de sentón, golpeándome además la cabeza con el estante a mi derecha. Gritos y libros cayendo, creo que nunca había habido tanto alboroto en ese lugar.
-Lo siento mucho- dijo una voz grave mientras yo me sobaba la cabeza y trataba de reponerme de la caída- no creí que hubiera alguien más a estas horas.- Me tendió una mano y me ayudó a levantarme.- Toma, creo que esto es tuyo.
Cogí mi mochila, la colgué en mi espalda y continué sobándome, esta vez mi adolorido trasero.
-No importa. –Contesté molesta.- Mejor vámonos antes de que el guardia venga a ver porque tanto arguende y nos ponga a acomodar los libros.
Caminamos juntos hacia la salida y bajo la tenue luz de la calle nos dirigimos una media sonrisa algo forzada.
-Me llamo Octavio. Espero verte pronto de nuevo.
Octavio cruzó la calle, torció a la izquierda en cuanto pudo y yo tomé mi camino habitual en sentido contrario para tomar la combi. Comenzaba a lloviznar cuando llegué a la parada. Casi enseguida pasó la ruta esperada y me subí. Para variar, iba atestada de gente y el chofer conducía como si lo fuera persiguiendo el diablo. Un chico nada feo me cedió su lugar. Un poco más tranquila, comencé, sin éxito, a buscar en mi mochila la cartera. El celular, tampoco. Ya se me hacía raro que mi mamá no hubiera llamado. Frustrada, intenté hacer memoria de cuándo había sido la última vez que había visto la mentada cartera y el dichoso celular, estaba segura de haberlos metido antes de salir de casa e incluso haber contestado un mensaje de mi hermana esa tarde.

-Yo también espero verte pronto Octavio, maldito ladrón. –Pensé mientras me hacía la loca cuando el chofer volteaba a ver por el retrovisor hacia donde estaba sentada esperando que pagara.