Vale la pena decir que estaba llegando al fin de una semana bastante caótica, de esas que te hacen cuestionar hacía donde vas y en las que, después de mucho meditar, no llegas a nada. Me sentía en un limbo de ideas y de toma de decisiones que me tenía poco más que hasta la madre, ya no quería pensar en nada ni en nadie. ¡Y encima de todo me había tocado un color amarillo patito que ni siquiera se distinguía en el papel!
En fin, el resultado de esos cuarenta y tantos minutos de música fue esto:
Y ellos seis, aunque absortos en lo que hacían, sabían que su música inspiraba a cosas más grandes que nosotros mismos, que sincronizaban y sintonizaban cabezas y corazones. Y con un lenguaje que va más allá de las palabras nos explicaron el amor, la esperanza, la tristeza y la nostalgia; nos contaron mil y una historias que durarán para siempre, aunque no recordemos cada detalle, nunca olvidaremos cómo nos hicieron sentir.
Si, en definitiva la música inspira… es aterradoramente
inspiradora; te eleva tan alto que la caída puede ser mortal. Pero es de esas
cosas que valen la pena. Por eso me gustan los músicos, los artistas, que me
enseñan con cada acorde que la pasión existe desinteresadamente cuando uno
encuentra aquello que lo hace feliz de verdad.
Ellos esperaban imágenes, yo sólo puedo darles palabras, son
mi mejor arma y mi única defensa. Son la ideal aliada para agradecer la mejor
hora de mi semana.
Gracias, por el ánimo para seguir, gracias.
Yo los recomiendo sin dudarlo ni tantito.




