viernes, 17 de agosto de 2012

Los hombres también lloran


¿Cómo lo sé? Porque lo he visto. No mucha veces, eso es cierto, pero las suficientes para saber que todos los hombres lloran. Incluso me atrevería a decir que lloran más que nosotras, sólo que muchas veces lo hacen sin dejar evidencias. Y por evidencias me refiero a almohadas húmedas, pañuelos desechables llenos de mocos y gente preocupada a su alrededor sin saber que hacer por verse presentes en tan incómoda situación.


Sí, los hombres lloran para sí mismos, pensando que está mal si otros lo ven. Lloran en silencio y sin derramar lágrimas para no mostrar debilidad alguna, aunque en realidad se muestran débiles a cada paso que dan. Son víctimas, como todos, de la publicidad, los estereotipos y el machismo. ¡Ah, el machismo! Ese jala parejo.
Pero de vez en cuando la presa se llena y se desborda. Literalmente. Un buen día se atiborran de sentimientos y explotan. Pero no explotan a la más mínima provocación como las mujeres, necesitan un catalizador. Y por lo general, el mejor catalizador es el alcohol. O una mujer. O una mujer con alcohol. Si, definitivamente se necesita la presencia de alguna de esas dos cosas para que el hombre llore visiblemente.
En lo personal, ver a un hombre llorar es una de las cosas que más me conmueven porque nunca es un llanto hipócrita. Incluso pareciera que sus lágrimas son más densas por todos los sentimientos y pensamientos que se resistían a salir; en sus ojos se refleja el dolor o la felicidad de una manera tan pura y sincera, llena de emoción… Esa cara sólo la vuelves a ver cuando tienen un orgasmo o algún jugador de futbol mete gol en la cancha o dan un tiro y no lo meten. Además, hay que admitir que ellos se ven mejor llorando porque el rímel no se les corre. Bueno, al menos a la mayoría (que empieza a ser minoría).
Los hombres son admirables cuando lloran. Lo son más que cuando arreglan una fuga o mueven algún mueble pesado. Dejan ver lo humano en ellos y lo parecidos que somos. Nosotras deberíamos aprender de su ejemplo y dejar de llorar por tonterías o por berrinches, o sólo por chantajear a un pobre cristiano. Eso sí, nunca dejemos de llorar por lo que puedan decir los demás de nosotros: lloren si se les da la gana, que en estos días, hasta eso es un privilegio.


1 comentario:

Jonathan Cantú dijo...

¡Vuelve a escribir más seguido!
Ya extrañaba leerte.