Y su mirada me dijo que ya no iba a volver, que este era el final de nosotros, el fin de la historia, el fin del camino. Ni siquiera necesitó palabras, sus ojos lo dijeron en lugar de su boca. Con un simple pestañeo, supe que nunca más volvería a verla.
Sus ojos destellaban, llenos de amor, tristeza… pero destellaban porque estaban rebosando de lágrimas, lagrimas que yo no me atrevía a secar, por miedo a perder el control y rogarle que no se fuera, que no me dejara, por miedo a caer a sus pies una vez más y pedirle que se quedara.
Pero ese no era su destino, ella no pertenece aquí y no puedo obligarla a quedarse. No le haría eso. Se que yo pasaré toda mi vida encerrado en este lugar, pero ella hará grandes cosas; viajara por el mundo, conocerá todos los lugares con los que soñábamos cuando éramos niños, visitara a sus parientes lejanos para recordar por qué hacia años que no iba a verlos, conocerá un nuevo amor y se olvidará de mí. Y cuando sea tan vieja como su abuela lo es en este momento, me recordará, querrá venir a buscarme y lo hará. Hará un viaje desde Escocia o Nueva Zelanda hasta su ciudad natal, sólo para descubrir que su primer amor está más lejos de lo que pensaba, en tiempo y espacio, que murió que mismo día que ella se marchó. Que murió de amor, o más bien, de la falta de su amor.
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