domingo, 10 de marzo de 2013

Y después...


La frase “si un escritor se enamora de ti, nunca morirás” cobró sentido por completo el día que encontré a alguien a quien que quería inmortalizar para siempre, alguien que me hizo vibrar de la raíz de cada uno de mis cabellos hasta la punta de los pies… Alguien que me hizo sentir como hacía mucho no me sentía. Y aunque fue sólo un momento, me perdí en él completamente.

La tensión que habíamos ido acumulando casi podía cortarse, no entiendo cómo nadie se dio cuenta antes. O tal vez si lo hicieron, pero estábamos tan ensimismados el uno en el otro que no lo notamos y no nos importó.

Aún puedo sentir sus labios contra los míos en un primer encuentro que hizo desaparecer la poca distancia que aún nos separaba. Su abrazo fuerte, desesperado, atrapándome… Porque como yo, no estaba seguro de que aquello estuviera sucediendo y, como yo, se aferraba con locura para que no se le escapara ni una pizca de mi cuerpo. La firmeza de sus gestos, su mirada inquisidora, sus manos. Por Dios, sus manos que no dejaban de tocarme…

Y después de ese primer instante, creí que la tensión desaparecería.

Pero sólo logró acrecentarse. Se expandió y se concentró, así que me sentí como un globo a punto de explotar. Conforme siguieron las caricias, ésta empezó a salir por cada uno de los poros de mi piel, lenta y dolorosamente, dejando un vacío que esperaba ser llenado por él.

Las ansias que sentía en ese momento son difíciles de describir. Ansiaba conocerlo todo, sentirlo todo y no parar nunca hasta lograrlo. Ahora me doy cuenta que tal vez debí hacerlo. 

Quizás debí aprovechar ese momento, tomarlo todo y no dejar nada, porque puede que nunca más se repita. Sí, fue tan irreal que seguramente no se repetirá; nunca más volverá a ser como esa calurosa noche de primavera porque ahora tengo miedo.

Miedo a perderlo.



No hay comentarios: