Quiero que la música me llene, escucharla sonar tan fuerte que mis oídos sangren. Quiero respirarla y escuchar mi corazón latir con el mismo ritmo. Quiero nadar entre esas olas de sonido y ahogarme poco a poco en cada nota; perderme en ese mar de sentimientos hasta estallar, llegar al clímax y regresar al suelo.
Sí, ese suelo que me ata, el amante de la gravedad que lo engaña con cualquiera. El suelo que me da el peso que necesito para existir es lo que yo mas quiero porque, el día que lo pierda, habré dejado de vivir la vida terrenal que tanto me apasiona y que disfruto con banalidades. Porque no sé como vivirla de otra manera que no sea frívolamente, nunca aprendí a darle significado a las cosas; a detenerme a oler una rosa, a contemplar la luna o disfrutar el sol. Nunca.
Por eso vivo en una constante levedad que pone en hombros de otros mi destino, que me arrastra, como el viento a una hoja, a su conveniencia. Y es la correcta combinación de sonidos y silencios lo único que puede darme el peso que necesito para regresar al sublime sustento que tan bien conozco.
He aquí el ridículo círculo del malvivir, entre el peso y la levedad de la cosa más hermosa que puedes sentir.
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