Sabias palabras de Víctor Hugo y pude comprobarlas hace no muchos días. Les contaré como pasaron las cosas.
Todos hemos tenido esas materias cursis y románticas. Ya saben, esas en las que al final del curso el maestro, igualmente cursi y romántico, planea una dinámica grupal. En esta ocasión, el ejercicio fue en parejas. Uno se vendaba los ojos y el otro lo guiaba hacia algún lugar especial, le quitaba la venda y le decía: mira tú reflejo.
Es tan extraño tener a alguien dependiendo de ti, confiando en lo que haces y a donde lo llevas… Afortunadamente, compartí este ejercicio con un buen amigo y, aunque lo hice tropezar un par de veces, siguió confiando en mí. Lo verdaderamente asombroso, fue cuando me tocó vendarme los ojos y confiar. Me di cuenta de que estaba en un punto de mi vida en el que era más fácil dejar que alguien me llevara que llevarlo. Sentí como el peso sobre mis hombros se aligeró y la constante presión en mi pecho desapareció. Sabía que nada malo me pasaría porque él estaba ahí, cuidándome.
Además, por primera vez, disfruté la incertidumbre de no saber dónde estaba ni a donde me dirigía. Creo que esa es una de las sensaciones más sanas que se pueden tener, siempre y cuando no causen un conflicto interno. El no ver a donde irán a parar tus pies te hace despegarte del suelo y pisar nubes. Pero no son nubes de esas que arrastra el viento, son nubes de Tierra, nubes verdes que dan cosquillas.
Realmente vi mi reflejo ese día. Un reflejo diferente al que me enseña el espejo cada mañana, uno más natural pero no por eso menos hermoso. Un reflejo que no sólo era mío, sino de la humanidad.
Aprendí muchas cosas en esa hora con cuarenta minutos: la responsabilidad de guiar a quienes te rodean, el agradecimiento hacia alguien que cuida de ti, la felicidad de tener alguien con quien compartir los problemas. Y que te puedes conectar con lo que te rodea, lo único que necesitas es aislar una parte de ti y darle permiso a tu cuerpo de sentir.