Ella existía. Ella vivía. Cada día, despertaba y respiraba; comía y dormía; se quejaba y reía. Pero no podía decidir. No era capaz de entender que quería y si lo quería. Paso tiempo antes de que fuera capaz de reconocer esos sentimientos olvidados de ayer. El miedo no la dejaba ver ni su cerebro sentir. Mientras tanto, él se iba. Se alejaba cada día un poco más de su vida pero se hacía parte de la rutina. A su parecer, los momentos de los dos aumentaba, y con ellos, la soledad disminuía.
Y ella era tan romántica y enamoradiza que no podía dejar de notar todas esas cosas que lo hacían especial. Esa inocencia mezclada con experiencia, sus sencillas exigencias, la inteligente inseguridad, la mirada profunda que no entiende, la pícara sonrisa que pide a gritos nuevos horizontes.
Ella era tan feliz contemplándolo que perdió la noción del tiempo, perdió la Tierra bajo sus pies y encontró un sueño guajiro. Conoció la inseguridad que jamás creyó llegaría. Vio lo frágiles que eran los dos y el temor la devolvió del cielo a suelo. Se dio cuenta que sentía algo por alguien con Nombres y Apellido.
Ahora, ella vaga en un tormentoso mar. Trata de vislumbrar la playa y una ruta segura para llegar a ella, pero ni siquiera está segura de querer llegar a algún lugar. Lo único que quiere es que él siga ahí, como ha estado hasta ahora, sentado a su lado aprendiendo a ser feliz. Ella no quiere una historia de amor ni un camino seguro a la orilla, ella quiere ver como la Luna crece y las estrellas se mueven, tomada de la mano de ese alguien con Nombres y Apellido.
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