¿Cómo sabes cuando algo empieza? ¿Cómo te das cuenta que algo ya terminó? Cuando estás seguro de conocer el inicio, distinguir el principio del fin no parece tan difícil (incluso si se trata de un círculo). Pero, ¿qué pasa cuando te saltas el “érase una vez”? Aun cuando llegues al “y vivieron felices para siempre” tendrás esa sensación de olvido, como cuando sales de un lugar con las manos vacías habiendo entrado con kilos y kilos de cosas. Lo que pasa es que así como no hay principio tampoco hay final; pasa que no sabes como acaba la historia, sólo sigues viviéndola. Es un callejón sin salida, si es que acaso estás buscando una.
Lo complicado del asunto es que no es un callejón. Todo se convierte en una vida que te tiene encerrado en mil paredes, un mundo de recuerdos, un mar con sabor a eso que no sabes cómo terminar. Si la cosa es tan grande, debería haber muchas maneras de salir, así como muchas de estar ahí dentro. Si no hay un principio definido, las posibilidades para que empezara son infinitas, por lo tanto, se abre una infinidad de posibles finales. ¿O no?
Las cosas son tan relativas en estos días que parece poco probable que algo de lo anterior sea cierto, pero lo es. Es por eso que con nosotros la historia nunca se acaba. Porque no hemos podido definir un inicio y un final, porque todo empezó a destiempo y terminó igual. Porque aun cuando hubiera terminado e iniciado justo al mismo tiempo para los dos, la forma de ver el mundo habría cambiado el momento. Porque tú y yo no somos iguales estamos condenados a vivir el desenlace de la historia, nunca nada más.
Por Einstein y los cuentos de hadas. Por lo que fue y ya no será y lo que no importa que no sea. Vivir con la realidad, la que sea que quieras elegir es lo único que se necesita, es la única posible solución. No se ocupan ni principios ni finales, ni ética ni valores. Sólo resignación.
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