miércoles, 13 de marzo de 2013
domingo, 10 de marzo de 2013
Y después...
La frase “si un escritor se enamora de ti, nunca morirás”
cobró sentido por completo el día que encontré a alguien a quien que quería
inmortalizar para siempre, alguien que me hizo vibrar de la raíz de cada uno de
mis cabellos hasta la punta de los pies… Alguien que me hizo sentir como hacía
mucho no me sentía. Y aunque fue sólo un momento, me perdí en él completamente.
La tensión que habíamos ido acumulando casi podía cortarse,
no entiendo cómo nadie se dio cuenta antes. O tal vez si lo hicieron, pero
estábamos tan ensimismados el uno en el otro que no lo notamos y no nos importó.
Aún puedo sentir sus labios contra los míos en un primer
encuentro que hizo desaparecer la poca distancia que aún nos separaba. Su abrazo
fuerte, desesperado, atrapándome… Porque como yo, no estaba seguro de que
aquello estuviera sucediendo y, como yo, se aferraba con locura para que no se
le escapara ni una pizca de mi cuerpo. La firmeza de sus gestos, su mirada
inquisidora, sus manos. Por Dios, sus manos que no dejaban de tocarme…
Y después de ese primer instante, creí que la tensión
desaparecería.
Pero sólo logró acrecentarse. Se expandió y se concentró,
así que me sentí como un globo a punto de explotar. Conforme siguieron las
caricias, ésta empezó a salir por cada uno de los poros de mi piel, lenta y
dolorosamente, dejando un vacío que esperaba ser llenado por él.
Las ansias que sentía en ese momento son difíciles de
describir. Ansiaba conocerlo todo, sentirlo todo y no parar nunca hasta
lograrlo. Ahora me doy cuenta que tal vez debí hacerlo.
Quizás debí aprovechar
ese momento, tomarlo todo y no dejar nada, porque puede que nunca más se
repita. Sí, fue tan irreal que seguramente no se repetirá; nunca más volverá a
ser como esa calurosa noche de primavera porque ahora tengo miedo.
Miedo a perderlo.
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