Y siempre hay dos caminos, con sus ramificaciones y respectivos cruces. Nosotros tomamos el fácil, tuvimos nuestra despedida, nos dijimos adiós: un último beso, un último abrazo, una última mirada. Ni una lágrima porque no queríamos malos recuerdos, de esos ya había suficientes. En pocas palabras, tuvimos miedo. Tuvimos miedo de tomar el camino difícil, de arriesgarnos a dejar de tener miedo.
Porque vaya que eso es más difícil. Es mucho más tortuoso querer cambiar la rutina, aunque sea una que eventualmente nos llevará al odio, por algo que puede ser mejor pero costará mucho trabajo. Decidimos quedarnos en nuestra caja, en la zona de confort y no intentar, porque vimos lo que nos deparaba ese camino y concluimos que no estábamos listos. Pero pudimos estarlo, si hubiéramos intentado, si al menos nos hubiera importando abrir los ojos ante nuestras fallas.
Bien dicen que el hubiera no existe. Lo único que queda de ese camino tan poco probable de ser transitado son estas líneas y las lágrimas que lloré cuando ya te habías ido. Tomamos una decisión y será para bien. En un par de años entenderemos por qué, por ahora no debe quitarnos el sueño. Siempre tendremos el recuerdo de lo que fue y un suspiro por lo que puedo haber sido.
